Abajo del suelo queda el cielo.
Miro de lejos la línea del horizonte, se rompe con tu figura desgonzada. Oyes lo que viene de más abajo del suelo. ¿Qué hay ahí que te consuela? ¿Qué hay ahí que te acongoja?
Esta vez estoy de pie, esta vez me toca a mí.
Me acuerdo de esos pececitos voladores que aprendieron a volar para escapar de los depredadores en el mar. Y sí, lo lograron pero cautivaron nuevos enemigos. Se les va la vida evadiendo las mordidas de gaviotas y atunes. Aprendieron a navegar entre el aire y el agua, a escapar veloces y burlar su cacería. No lo hicieron en soledad, se juntaron en cardúmenes de miles. En tiempos de paz comen plancton y nadan juguetones. En tiempos de depredación, arrancan en manada y se disparan en impulsos sólidos de 60km/h o más.
Proyectiles de nos veintitantos centímetros, que sumados hacen miles o millones.
Solitos suena a hazaña, todos juntos son una artillería digna de miedo para cualquier tiburón.
Aquí estoy para ti, no estamos solas, eres amada y ese amor te va a elevar alto altote. Ya no como pez, sino como un ave gigante, como cóndor que conquista y atraviesa cordilleras.
Aquí estamos nosotras, listas para darte la mano cuando te puedas levantar. Aquí nos recostamos a tu ladito en lo que recobras fuerzas y alzamos vuelo.
Para Lilis, Marlon y Angélica.