Que la vida no se me pase en vano.
Que la vida no se me pase en vano. Pero sin prisa… o sea, vivir de verdad verdad pero no con el afán de hacerlo.
Que no se me olviden cosas como sentarme al lado de mi perrita y acariciar sus pelos filudos multicolor. Darme cuenta que empiezan blancos en la raíz y se ponen negros hacia la punta. Sentarme y recibir esa mirada picarona que forma dos lunas blancas.
Como dicen por ahí: vivir sin prisa pero sin pausa. ¿Si es así? ¿Cómo es la cosa? Ya me enredé.
Lo que quiero decir es que no quisiera que me coma el afán de darle sentido a la vida, pero tampoco dejar de vivirla en serio. Así como quien no quiere la cosa. Como el estofado que se cocina a fuego lento para que quede más rico.
Quiero saborearme hasta las amarguras. La dulzura de una sonrisita. La brisa fresca que me mueve el pelo en este calorón. La calle accidentada que me lleva al OXXO. El silencio interrumpido por una canción que alguien puso a lo lejos. Tararearla, caer en las palabras del coro y sorprenderme de saber la letra aunque no esté en mi repertorio habitual. Empezar a ponerla en el carro y, desde ese día, tener complicidad con una persona a la que ni siquiera le vi la cara.
Que la vida no se me pase en vano, que no se me escape el placer de un besito lento que poco a poco escala y se extiende por horas. No quiero llenar los silencios, que transiten, que creen el espacio para decir esas cosas que no se dicen con palabras. Habitar la incertidumbre, la duda, la esperanza.
Que el lunes no se me pase en vano, ni el martes ni el miércoles, por andar pensando en el viernes. Que la vida no se me pase en vano y me permita respirar cada momento, sabiendo que al final, será lo que verdaderamente me queda.