C-u-a-r-e-n-t-a/y/u-n-o.
Tengo arrugas, tengo pecas, mi cuerpo ha cambiado su forma, mi alma también.
Dicen que cuando pasas los 40 empiezas a estar de salida. Suena terrorífico, lo es un poquito, pa’qué te miento. Pero no sé, hay algo liberador en dejar de sentir que el futuro está en tus manos. Esa premisa que durante mis veintes me tuvo padeciendo una colitis que nada aliviaba. En el intento de estar bien eliminé uno a uno mil alimentos y agregué otros: un menjurje de linaza en ayunas, frutas siempre peladas y obviamente nada de mecatos monchosos. No funcionó. Eso sí, viví mi era más fit (si por fit se entiende delgada). Fit y en pelea absoluta con lo que soy. Fit y ansiosa. Fit y aburrida.
C-u-a-r-e-n-t-a/y/u-n-o.
Qué más da, ya puedo ser yo. El ojo no está más sobre mí ni soy la promesa de nada. No soy el pulso del rumbo del mundo y mucho menos el centro de la belleza, tal como los catálogos de Leonisa lo indican. Quienes protagonizan las películas y series de moda se ven super jóvenes, termino encantada con el tío del protagonista, no con él, y los problemas de amor sobre los que se centra la trama me parecen nimiedades.
C-u-a-r-e-n-t-a/y/u-n-o.
Ya decido por mí. O sea, de verdad verdad, no como pensaba hace 15 años.
C-u-a-r-e-n-t-a/y/u-n-o.
Qué más da. Qué bendito alivio cada arruga, cada peca, cada voluntad.